Van caminando por el filo de tu silueta las hormigas, cuidadosas de cosquillear sobre tu cuerpo con sus patas juguetonas. Caminan por el filo de tu nariz, cargan una hoja gigante, avanzan sin la más mínima prisa. Caminan sobre tu pecho, entre tu cuello, en medio de tus axilas, recorren tus largos brazos, se detienen en la parte interna de tus muñecas y hacen círculos entre todas, para que te excites y para que las notes.
Van caminando las hormigas y sus antenas detectan las pequeñas gotas de sudor que resbalan por tu espalda, pequeñas y morenas, suaves y definidas, iluminadas por el sol de la tarde. Caminan las hormigas bajo el soleado tedio de la semana, caminan bajo el aparente hastío de la vida, no lo notan, deslizan su cuerpo frágil por tu abdomen y se detienen un momento para oler las motas de luz y sombra que producen las hojas de los árboles sobre tu cuerpo desnudo, tirado sobre la hierba, sobre los trozos de madera caídos de los troncos, sobre las hojas secas colocadas como tapete debajo de ti.
Van caminando las hormigas olvidándose de que anochece, embriagadas, alucinadas, sin la más mínima orientación natural, sumergidas en el vaho que emana de ti, extasiadas por el sabor que provoca tu entrepierna, rozan el espacio milimétrico en el que se encuentran y pequeñas descargas eléctricas doblan ligeramente tu columna, las hormigas se mueven a destiempo para desnudar tu placer, para evidenciarlo, para sentirte en medio de la desesperación. Son inteligentes y te muerden, te recorren, te dibujan sobre la piel el incontenible precio de la noche, de los árboles que te cobijan, del suelo debajo de ti, de mis ojos que te observan, de tu sexo que me llama.
Van caminando las hormigas y la noche se antoja iluminada.

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