Fueron aquellas luces de neón las que le desorbitaron la mirada, combinación de la música y las inyecciones de alcohol en el cuerpo. De pronto la oscuridad lo cubrió y lo tradujo, mágicamente, en postre de deseos. Fue la iluminación del antro barato, del antro gay, del antro dubitativo.
El sonido electrónico palpaba su cabeza, su estómago. Tocaba sus venas y las recorría, bailaba descontrolado, con las manos en el aire, con la playera en el piso, con el primer botón del pantalón desabrochado. Era sexual. Sólo eso.
Había en el ambiente una pronunciación de no-identidad, una partícula de complicidad con todos los que ahí se encontraban. Artemio lo veía de lejos, lo disfrutaba, lo olía entre el humo de los cigarrillos encendidos. Artemio no lo conocía pero le encantaba. Él seguía bailando sin detenerse, seguía moviéndose.
Jarra azul, alcohol de baja calidad con boleto directo a la cruda matutina que en ese momento no importaba. Artemio se metía la mano entre el pantalón y descubría a un tercero en discordia que no era otra cosa más que una extensión de él mismo. Jarra azul en una iluminación de colores. Jalaba entonces de su empaque mentolado de Benson el tercer tubo de alquitrán, nicotina y monóxido de carbono, lo encendía con una mano sin desocupar la otra, la que se revolvía entre la mezclilla y el algodón.
Él seguía en trance sin percibir nada más que el bajo de la canción abrumadoramente erótica. Artemio seguía en trance sin percibir nada más que el límite vibrante del filtro del cigarrillo.
Caminó, sin pensarlo, hacia él, hacia el monumento andrógino en movimiento, tiró el humo al piso. Llegó al otro lado del lugar, cerca de la pared con dibujos de ángeles, con un árbol seco detrás de su deseo. Se detuvo un instante observando la nuca del otro que no dejaba de bailar. Sin dudar, Artemio lo tomó del brazo, le dio la vuelta, él se detuvo, pero siguió palpitando, vio en la cara de Artemio la sorpresa del desconocido que se atreve. Ambos respiraron. Se respiraron.
Artemio distinguió en los ojos de aquel el brillo de la noche, la manifestación del placer. Las luces no pararon, la música siguió, los otros ni siquiera lo notaron. Artemio deslizó su mano sobre la piel de la espalda desnuda, sintió el borde perfecto, los músculos exaltados, la vibración religiosa de Sebastián. Bajó las manos y acarició su abdomen, su pecho excitado, su piel minuciosa. Resbaló las yemas de los dedos por el borde del pantalón desabrochado, recorrió el inicio del vello púbico que se asomaba como pequeñas raíces recortadas, como frases escritas en el tiempo y sobre la piel de Sebastián. Ahí descubrió Artemio las heridas que a la distancia no podían verse, los pequeños cortes de flecha ya sanados, cicatrizados. Sebastián sonrió.
