noviembre 24, 2010

Semáforo de un círculo vicioso


Camina, los pies se despegan del suelo en silencio y atraviesa sin poner atención, casi es atropellado, la defensa del coche roza sutilmente su pantalón. Su corazón late fuerte y por un instante su mirada se distrae de la lectura. El hombre al volante le grita. Las palabras revueltas son ignoradas, regresa a las letras.
Llega a su coche, entra y coloca un separador en la página 59, cierra el libro, lee el título sobre la portada; El atropellado. Arranca el motor y avanza hacia su trabajo, enciende la radio y la canción que suena lo lleva a pensar en su casa, en las fresas que dejó sobre la mesa, piensa en el sabor, en la acidez. Ignora el rojo del semáforo por descuido, por accidente y golpea fuertemente a un vendedor de fruta que atraviesa la calle. El libro resbala del asiento del copiloto, cae. Baja del auto con miedo, desesperado. Ruedan por la calle las frutas, frutas rojas.
 Un hombre termina de leer esto y cierra el libro para subir a su coche, piensa todo es un círculo vicioso.

noviembre 11, 2010

El regreso

En mi pueblo, cuando la lluvia roza el suelo y moja los tejados, la gente sale a las aceras y coloca una silla para esperar el aguacero. Se sirve café caliente en tazas especiales y aguarda como si se aproximara el familiar más querido que regresa de un largo viaje, sirve el café en su nombre.

Las mujeres calientan la cena en el fuego, atizan la flama y la elevan para que queme el comal en lentitud y salen finalmente a tomar el fresco. Los hombres dejan el sombrero en el piso, para permitir que la libertad les gire en la cabeza desnuda y así, sin más, voltean al cielo, esperando la primera gota de alivio. La tierra huele a tibieza porque el momento de la quietud espera para dejarse caer. 

De vez en cuando esta lluvia prometedora es una alarma equívoca, una visión ilusoria del futuro y entonces las sillas se vuelven al interior oscuro y tranquilo de las casas, el café se bebe en honor del no llegado y se saborea como imagen deasvaneciéndose en la mente, la comida se sirve en los platos antes de que se enfríe.
Pero cuando la lluvia cae torrencial, porque ahí no sabe hacerlo de otra forma, las aves cantan confundidas por la noche engañosa, las gallinas suben a los árboles y se acurrucan para dormir metiendo la cabeza entre sus alas y las mujeres sonríen sedientas del encuentro que nace. Los sombreros se agitan con el viento en ráfagas y los hombres voltean al camino, esperando por ese familiar que ha encontrado la vereda de regreso.